𝐄𝐏𝐈‌𝐋𝐎𝐆𝐎 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐋𝐀 𝐇𝐈𝐉𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐒𝐎ÑÉ

Y si algún día, cuando los años hayan pasado como pasan las hojas del otoño sobre los caminos, encuentras estas páginas olvidadas entre los libros viejos de tu padre, no las leas como poemas.

Léelas como huellas.

Cada verso fue una caricia que aún no podía darte.

Cada palabra fue un abrazo enviado al porvenir.

Cada lágrima escondida entre los renglones fue una prueba del amor que existió antes de tu llegada.

Tal vez entonces yo tenga el cabello blanco, las manos cansadas y la mirada llena de recuerdos.

Pero habrá algo que el tiempo no podrá cambiar: el amor con que te esperé.

Porque te amé antes de conocerte.

Te amé antes de escuchar tu voz.

Te amé cuando aún eras apenas un sueño perdido entre las estrellas.

Y si la vida fue generosa y me permitió verte crecer, cada instante a tu lado habrá sido un regalo.

Y si el destino escribió otra historia, si permaneciste para siempre en el reino de los sueños, seguirás siendo igualmente amada.

Porque hay amores que no necesitan existir en la tierra para ser eternos.

Hay sueños que jamás se cumplen y, sin embargo, acompañan toda una vida.

Tú fuiste uno de ellos.

La más dulce esperanza de mi corazón.

La más hermosa oración de mis noches.

La estrella que iluminó mis caminos cuando todo parecía oscuro.

Por eso, hija mía, real o soñada, presente o distante, nacida o imaginada,

gracias.

Gracias por habitar mis pensamientos.

Gracias por dar belleza a mis esperanzas.

Gracias por enseñarme que el amor más puro es aquel que se entrega sin pedir nada a cambio.

Y cuando estas páginas se cubran de polvo, cuando mi voz se haya apagado y solo quede el eco de mis palabras, quizá alguien las abra y sonría.

Entonces sabrá que hubo una vez un hombre que soñó con una hija, y que en ese sueño encontró una forma de eternidad.

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