𝐍𝐔𝐄𝐒𝐓𝐑𝐀 𝐏𝐄𝐐𝐔𝐄𝐍𝐀 𝐋𝐔𝐙
Si un día el cielo, benigno y piadoso, quisiera coronar mi humilde suerte con una niña nacida de tu amor, bendeciría en silencio mi existencia.
Dejaría atrás las vanas ambiciones, los afanes que al espíritu encadenan; y hallaría mi fortuna y mi destino en la pequeña luz de su presencia.
¡Qué dicha contemplarla entre mis brazos, tan semejante a ti, tan dulce y bella!
Con tus ojos de calma y de ternura, con tu sonrisa de apacible estrella.
Y al verla despertar cada mañana, cuando la aurora en sus mejillas juegue, creería que la vida me concede un rincón de paraíso entre las sienes.
Yo velaría sus sueños en la noche, guardaría sus pasos en la tierra, sería su refugio en las tormentas, su voz amiga cuando el mundo duela.
La vería crecer como una rosa que abre sus hojas al fulgor de abril; y en cada nueva edad de su camino pondría mi cariño a florecer por ella.
Niñez, juventud, madurez serena: cada estación tendría mi desvelo; y cuando fuese toda una mujer, seguiría velando desde lejos.
Porque habría en su rostro algo de ti: la gracia de tu alma, tu dulzura, y al mirarla sentiría que en mis manos descansa la razón de mi ventura.
¡Ay, si supieras cuánto la he soñado!
¡Cuántas veces la vi sin haber nacido!
Ella sería el canto de mis días, la fe de mis inviernos, mi destino.
Y al estrecharla contra el pecho un día, con lágrimas de amor y gratitud, daría gracias al cielo por haberme concedido un pedazo eterno de tu luz.
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