𝐋𝐀 𝐇𝐈𝐉𝐀 𝐃𝐄 𝐌𝐈𝐒 𝐎𝐉𝐎𝐒

Si alguna vez la vida me concediera el milagro que en silencio le pido, no pediría al cielo más tesoros, ni otra fortuna que la de haber vivido.

Bastaría una niña entre mis brazos, un pequeño latido junto al mío, una voz pronunciando mis silencios, un nuevo sol alumbrando mi camino.

Y quisiera que tuviera tus ojos, porque en ellos habita la ternura; que heredara tu sonrisa enamorada y la luz apacible de tu dulzura.

Quisiera verla correr por los jardines persiguiendo mariposas y luceros, mientras yo, desde lejos, contemplara el más hermoso de mis sueños.

Sería mi plegaria de la noche, mi alegría al despertar cada mañana, la razón de mis esfuerzos y desvelos, la estrella más brillante de mi alma.

Y cuando el tiempo, inexorable, pase dejando sus inviernos en mi frente, hallaría juventud en su sonrisa y primavera en su mirada inocente.

Entonces comprendería que la vida no consiste en honores ni grandezas, sino en esos pequeños paraísos que Dios coloca, a veces, en la tierra.

Porque una hija nacida de tu amor, con tu mirada, tu bondad y tu belleza, sería para mi pobre corazón la más perfecta de todas las promesas.

Y al tomar su pequeña mano un día, mientras el sol se duerme en el ocaso, agradecería al cielo de rodillas haber puesto tanto amor entre mis brazos.

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