𝐇𝐄𝐑𝐈𝐃𝐀 𝐈𝐍𝐕𝐈𝐒𝐈𝐁𝐋𝐄
¿Cómo nombrar tu ausencia, amor mío, si hasta el silencio pronuncia tu nombre?
¿Cómo arrancarte de mis pensamientos, si vives en la sombra de cuanto contemplo?
Desde que te marchaste, las tardes tienen el color de las hojas que mueren, y las noches, envueltas en su manto de estrellas, parecen llorar conmigo la dulzura irrepetible de tu recuerdo.
Dondequiera que estés, ruego a Dios que la felicidad te acompañe; que el sol ilumine tus mañanas, que la paz habite tus desvelos y que la vida, generosa contigo, te conceda todos los sueños que alguna vez guardaste en tu corazón.
Yo permanezco aquí, entre la resignación y la memoria, aprendiendo a sobrevivir a la herida invisible que dejó tu partida.
Nunca supe en qué instante te perdí.
Tal vez fue cuando el deber ocupó mis días y fui dejando vacíos los jardines del amor.
Tal vez fue cuando creí que tu presencia era eterna, que tus manos jamás soltarían las mías, que tu corazón permanecería siempre esperando el regreso del mío.
¡Qué equivocada soberbia la de quien ama y supone invencible aquello que descuida!
Mientras perseguía horizontes lejanos, tú te alejabas lentamente, como un barco que desaparece en la niebla sin que el puerto advierta su partida.
Y hoy comprendo, con la amarga claridad que dejan las pérdidas, que eras el tesoro más valioso de mi existencia.
No hubo triunfo, ni meta alcanzada, ni victoria alguna que pudiera compararse con la fortuna de tenerte a mi lado.
Ahora solo me acompañan los recuerdos.
Tus besos, suaves como pétalos de primavera.
Tus caricias, ligeras como el roce de un ala sobre el agua.
Tus ojos, dos eternos refugios donde mi alma encontraba descanso.
Y cuando la nostalgia se adueña de la noche, regresa también tu perfume.
Entonces cierro los ojos y por un instante vuelves a vivir.
Te imagino acercándote despacio, con aquella sonrisa que iluminaba mis inviernos, y mi corazón, pobre y obstinado, corre hacia el espejismo como el sediento corre hacia una fuente.
Pero la ilusión se desvanece.
El viento continúa su camino, la calle vuelve a estar vacía, y solo quedan mis lágrimas cayendo silenciosamente sobre los restos de un sueño.
Dicen que el tiempo cura todas las heridas.
No lo creo.
Hay ausencias que no sanan; simplemente aprendemos a caminar con ellas.
Como quien lleva una rosa marchita entre las páginas de un viejo libro, conservando su fragancia
aunque los años hayan robado su color.
Así te guardo yo.
No en el olvido, sino en el santuario más profundo de mi alma, donde ninguna distancia puede alcanzarte y ningún tiempo puede destruirte.
Porque fuiste el primer amor de mi vida.
La primera emoción que estremeció mis latidos.
La primera mujer que me enseñó que el paraíso puede ocultarse en una mirada, en una sonrisa, en un simple roce de manos.
Y aunque el destino haya escrito nuestra despedida, aunque jamás vuelva a contemplar tu rostro, seguirás viviendo en mis versos, en mis suspiros, en cada plegaria que elevo al cielo.
Serás la estrella que nunca se apaga, la música que permanece cuando termina la canción, la llama silenciosa que seguirá ardiendo en mi pecho hasta el último instante de mi existencia.
Porque algunos amores no pertenecen al tiempo.
Pertenecen a la eternidad.
Y tú, amor mío, eres la más hermosa eternidad que he perdido.
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