𝐂𝐔𝐀𝐍𝐃𝐎 𝐏𝐎𝐑 𝐅𝐈𝐍 𝐋𝐋𝐄𝐆𝐔𝐄𝐒
Cuando por fin llegues, pequeña mía, no habrá campanas suficientes para anunciar tu llegada, ni amaneceres lo bastante hermosos para igualar la alegría que traerás a mi vida.
El mundo seguirá siendo el mismo para todos, pero para mí habrá cambiado para siempre.
Los árboles tendrán un verde más intenso, las flores parecerán más bellas, y el cielo será más grande, porque en él daré gracias por tu existencia.
Te tomaré entre mis brazos con el temblor sagrado de quien sostiene un milagro.
Y mientras duermas sobre mi pecho, escuchando el latido de mi corazón, comprenderé que todos los caminos recorridos, todas las esperas, todas las lágrimas y todas las esperanzas me condujeron hasta ti.
No sabrás entonces cuánto te soñé.
No sabrás cuántas veces imaginé tu sonrisa, ni cuántas noches conversé contigo en silencio.
Pero yo sí lo sabré.
Y cada vez que me llames padre, aunque hayan pasado muchos años, volveré a sentir la misma emoción de aquel primer instante.
Habrá días de sol y habrá días de tormenta.
Habrá risas y habrá lágrimas.
Porque así es la vida.
Pero mientras yo respire, jamás caminarás sola.
Cuando tropieces, te ayudaré a levantarte.
Cuando dudes, te prestaré mi fe.
Cuando el miedo quiera detenerte, te recordaré la fuerza que habita en tu alma.
Y cuando llegue el tiempo en que ya no necesites mi mano para avanzar, seguiré acompañándote desde la distancia, con el mismo amor con que se contempla una estrella: sin poseerla, pero sin dejar nunca de admirarla.
Entonces sabré que el cielo escuchó aquel antiguo deseo que tantas veces guardé en silencio.
Y al verte sonreír, con la dulzura heredada de tu madre, comprenderé que existen milagros tan hermosos que hacen parecer pequeños todos los demás.
Porque tú serás eso: mi oración respondida, mi sueño cumplido, mi más hermosa bendición.
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