𝐀𝐐𝐔Í 𝐌𝐄 𝐓𝐈𝐄𝐍𝐄𝐒
Aquí me tienes, amor; sobre tu altar rendido, como la humilde hoja que se abandona al viento, como la estrella errante que en la noche suspira buscando entre las sombras la luz de su firmamento.
Todo cuanto he soñado, todo cuanto en mi pecho silencioso palpita, vive por tu recuerdo, y hacia ti se encamina.
Si alguna vez la dicha ha descendido mansa sobre mi corazón, ha sido al contemplarte, al beber en tus ojos su celeste fulgor.
¡Qué dulce es tu mirada!
Parece que en ella guardó Dios, al crearte, la ternura del alba, la paz de los crepúsculos, y el hechizo inefable de los ángeles.
Eres hermosa, sí; mas no con la belleza pasajera de la flor que mañana se marchita; eres hermosa como esos sueños puros que viven para siempre en la memoria.
Cuando te miro, mi alma se arrodilla en silenciosa adoración; porque hay en ti una gracia tan divina que convierte el deseo en devoción.
Y si rozan mis labios la tibia suavidad de un beso tuyo, siento que el mundo entero se desvanece, y que una luz desconocida desciende lentamente sobre mí.
Entonces me parece que el dolor no ha existido, que el tiempo se detiene, que la vida se vuelve una plegaria, y que el amor, por fin, ha encontrado su nido.
Amada mía: si el destino quisiera separarnos, si la distancia levantara sus abismos, mi corazón cruzaría los siglos y las sombras para volver a ti.
Porque te amo con ese amor profundo que no pide recompensa, con ese amor callado que se vuelve eternidad, con ese amor que nace en lo más hondo del alma y que ni la muerte misma podría arrebatar.
Y mientras haya una estrella en el cielo, un suspiro en el viento, o una lágrima escondida en mi mirada, seguiré pronunciando tu nombre como una oración sagrada.
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