𝐀 𝐌𝐈 𝐇𝐈𝐉𝐀 𝐒𝐎Ñ𝐀𝐃𝐀

No sé si alguna vez vendrás a este mundo, ni si el destino guardará para mí la dicha inmensa de estrecharte entre mis brazos.

Solo sé que existes.

No en la tierra, ni bajo el cielo, sino en ese rincón secreto del alma donde habitan los sueños que más amamos.

Te imagino con los ojos de tu madre, claros y serenos como la tarde cuando muere; con su sonrisa dulce, capaz de traer primavera a los inviernos más largos de mi vida.

Te imagino corriendo hacia mí con los brazos abiertos, llamándome padre, y en esa sola palabra encontrando la recompensa de todos mis desvelos.

¡Padre!

Qué sencilla parece esa palabra, y cuántos universos guarda.

Porque ser padre tuyo sería aprender a vivir de nuevo; volver a mirar las estrellas con asombro, escuchar la lluvia como una canción y descubrir la felicidad en las cosas más pequeñas.

Si algún día lloraras, mis brazos serían tu refugio.

Si tropezaras, mi mano buscaría la tuya.

Si el mundo te hiriera, pondría mi corazón entre tus penas y tu inocencia.

Y cuando crecieras, cuando el tiempo cubriera de años aquella pequeña niña que soñé, seguiría viéndote igual: como el milagro más hermoso que Dios me permitió contemplar.

Pero mientras llegas, o mientras permaneces únicamente en el reino de mis sueños, seguiré guardándote en silencio.

Como se guarda una oración.

Como se guarda una esperanza.

Como se guarda el más puro y más hermoso de los amores.

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